AGUILÓ DE CÁCERES
Cuando cierra un teatro, algo se apaga en el corazón de los espectadores. Si no miente tampoco quien equipara el hecho de partir a la sensación de morir un poco forzosamente, en ambos casos, debe trasladar su mente a las puertas cerradas a cal y canto de la única fábrica de historia y sueños con la que contamos y esperábamos disfrutar sin interrupciones. No ha sido así, ni éste fue, por lo visto, el deseo del Consell, autor afortunado de una reforma que ha llevado años en culminarse, tras otros muchos de sufrir un incontenible silencio. Sin embargo, con solo un abrir y cerrar de ojos se afanó y ufanó en mostrar y ocultar al público sus encantos.
Si la verdad, en tal supuesto, fuera una, lo pretendido en esa apuesta adulatoria, sustituyendo a la creativa, alguien tendría que sentirse dolido por el daño emocional, causado a una cultura que no acaba de hallar el camino apropiado para conseguir su meta. Al fallarle la infraestructura necesaria, el colapso sobreviene, y con él toda esperanza a un próximo y feliz desenlace. En ello, la improvisación y las prisas tuvieron parte de culpa, ya que es incomprensible a estas alturas, que una vez, supongo, revisados en profundidad los trabajos de diseño y atemperación física del teatro, bajo criterios profesionales de valía, se hayan detectado en poco tiempo tan importante errores de bulto, no observados, al parecer, por el Consell, según se desprende de las declaraciones vertidas y publicadas recientemente por boca de la vice-presidenta de la institución propietaria. La verdad está allí, se delata a sí misma, y no se necesita ser ningún Diógenes para topar con ella a primera vista. Basta recordar virtudes de antes, que han sido convertidas ahora en defectos. Lo que significa proceder a una doble tarea para regenerarla.
¿Qué cabe opinar, por ejemplo, sobre la excesiva altura actual del escenario, la escasa inclinación de la platea, la incómoda estrechez de los palcos, el deficiente material utilizado en la elaboración de las butacas, la ausencia en las localidades del panel traductor escénico, el horrible tono claro de las puertas que dan acceso a los palcos, o, en otro apartado, en torno a la falta de una culta programación para la próxima temporada? Agradecería la explicación a dichas interrogantes, antes de excusar Dolça Mulet, con simples naderías, la clausura temporal de su iniciativa estrella.